“A CUATRO AÑOS DE CASA”

 (Crónicas de la Conquista)

                                                                                                          

  Por: Héctor Amuedo

A la memoria del Capitán Thomas Mantell.

Piloto.

Mártir.

Soldado de la Tierra.

 

“La nave se inclinó para virar y un destello metálico se escapó de su cuerpo de plata.

Descendió suavemente y se internó en el valle: un valle largo, enclavado entre nevadas y brumosas montañas por cuyas profundas laderas trepaba la selva.

Allá en el fondo, el río se contoneaba como una serpiente azul.

Lo seguimos.

Serpenteamos  con él, mientras nuestros ojos, aún adormecidos, se llenaban de verde y de vida.

En la cabina sólo se oía la voz del comandante dando las órdenes para la aproximación final y aterrizaje. Contaba con una tripulación eficiente.

Mientras preparábamos nuestros equipos, recordé la primera vez que oí hablar de este planeta: nuestros exploradores encontraron por azar, girando alrededor de una estrella enana amarilla como la nuestra, un planeta habitable. Tan azul, tan hermoso y lleno de vida como el que es nuestra morada.

A todos nos asombró encontrar otro planeta azul, con cielos de nitrógeno, con oxígeno, con mares…un sitio tan rico en el líquido vital, que los exploradores, en contraposición al nombre del nuestro, lo denominaron planeta “Agua”.

Tuvimos suerte. La terraformación de los cuerpos celestes de nuestro sistema nos hubiera llevado siglos.

Encontramos un lugar donde expandir la especie en el primer viaje estelar que realizábamos, a sólo cuatro años de casa.

Pero había un problema. Existía una especie dominante: simios avanzados con cierta inteligencia.

Se debatió mucho en el gobierno acerca de lo moral o inmoral que sería exterminarlos y, al final, se tomó la decisión de hacerlo.

Pero, como siempre se hacen estas cosas “sucias”: ¡A espaldas del pueblo!

No podíamos utilizar armas nucleares o químicas. Necesitábamos el habitat intacto. Sólo queríamos eliminarlos a ellos.

Se decidió estudiarlos.

Durante décadas nos metimos en sus campos, sus bosques, sus ciudades. En el silencio de la noche, como ladrones.

Nunca nos vieron. O nunca creyeron a los que nos veían.

Atrapamos algunos y analizamos sus órganos, sobre todo los reproductores. Es allí donde está la clave de la proliferación de una especie… o de su exterminio.

Y, al fin, nuestros expertos en guerra biológica dieron con la solución: diseñaron un virus.

Inoculamos algunos individuos y los dejamos en libertad para que copularan.

No podían dejar de hacerlo. Y su instinto de vida se transformó en el motivo de su muerte. ¡Especie inocente y primitiva!

Hoy ya hace muchos años que no queda ninguno y nuestra misión es desmantelar los restos de sus ciudades antes de la llegada de los colonos. ¡No deben enterarse de lo que hicimos!”

 

…El cronista de la expedición dejó por un  momento el registrador de datos y se calzó las botas.

La puerta de la nave giró sobre sus goznes casi sin un ruido y, entonces, salieron.

El calor de la selva les golpeó en la cara. Y el canto de las aves y el revolotear de las mariposas les hicieron olvidar por un momento las ruinas que tenían delante.

Se sintieron culpables… pero ya estaba hecho.

El cronista se alejó del grupo de sus compañeros, mientras seguían arribando más naves.

Lo atrajo la laguna. Tenía sed. La animación suspendida tiene ese efecto secundario. Y se aproximó a beber.

La calma superficie de las aguas le devolvió su imagen: sus grandes ojos tristes, su enorme calva inteligente, su piel tersa y verdosa…

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