OPERACIÓN ENGAÑO

  Por : Héctor Amuedo 

 

Cierto día de mediados del Siglo XXI:

 

 Una enorme nube blanco-amarillenta llenó la plataforma y ascendió por los costados del fuselaje,  espesándose, por momentos, frente al grueso cristal de la ventanilla, ocultando así el paisaje iluminado por el sol del mediodía.

Un estremecimiento recorrió la astronave desde el morro hasta la cola, haciendo vibrar todo de tal forma que la visión de siete hombres se tornó borrosa, mientras una mano invisible y poderosa los hundía en sus asientos.

 Fuera, el horizonte giró bruscamente, al tiempo que el Shuttle se orientaba hacia el Este, sobre el Océano, rumbo a la órbita…Dentro, los corazones latían excitados…temerosos, y los puños se crispaban en los posamanos.

 A sus espaldas, el trueno los seguía. Y una cascada de fuego les pisaba los talones, impulsándolos a un cielo cada vez más negro, donde ya se insinuaban las estrellas, como en un raro crepúsculo, como en un eclipse total de sol…

  Todos ignoraban el destino de la misión. Todos… excepto el Comandante Grant.

 Grant se preguntó, por milésima vez, si era lícito engañar a sus hombres. Y, por milésima vez, se respondió que sí. Los superiores intereses de la Patria y de la Ciencia lo justificaban.

  Y, cuando las luces verdes y sedantes de la consola de instrumentos le indicaron que todo iba bien, sumergió, breve pero intensamente, su mirada en el pasado…

   Todo empezó un par de años antes: en la estación receptora del gran “Megascopio Espacial”, heredero del viejo y ya legendario Hubble, de fines del siglo veinte, se recibieron datos que revelaban la existencia de algo increíble, inesperado:

    Poco más allá de la órbita de la Luna, afortunadamente sin trayectoria de colisión con ningún cuerpo del Sistema Solar y sin riesgo de “succionar” a ninguno de ellos, pasaría, proveniente de las profundidades del espacio, un minúsculo “agujero negro”.

    Siempre se había supuesto que sólo se encontraban en los núcleos galácticos. Y, sin embargo, allí estaba, al alcance de la mano, abriendo una puerta de acceso a los llamados “túneles de gusano”, al viaje a mayor velocidad que la luz, al viaje hacia atrás en el tiempo!!!

   El interés que despertó no fue meramente científico. Quien pudiera viajar al pasado tendría la capacidad de modificar la Historia. Por tanto, se hicieron planes para confirmar tal posibilidad. Pero, desde luego, no era aconsejable enviar seres humanos de buenas a primeras. Nadie podía predecir cómo reaccionarían ante tal situación.

¿Y quién se ofrecería para un viaje sin retorno?

 Para estudiar previamente el comportamiento humano en tales condiciones, se montó, entonces, un experimento psicológico:

 Un grupo de  astronautas voluntarios partiría en una misión con fin desconocido…sin elevarse un centímetro de la Tierra! Habrían ingresado, sin saberlo, a un gigantesco simulador de vuelo, repleto de efectos especiales. Luego de algunos minutos, y al poner el Comandante la nave en “automático”, un escape de gas los adormecería. Al despertar, se encontrarían con el vehículo aterrizado en una llanura, en las cercanías de un pueblo del Lejano Oeste, del Siglo XIX…fruto del ingenio de los artesanos de Hollywood!

 Allí sobrevendría el shock de encontrarse de improviso en el pasado, sin sospechar que aún estaban en el presente.

  El operativo fue denominado, con total acierto, “Operación Engaño”.

  Una mañana luminosa, tres meses después:   

 El Comandante miró a través de la ventana del hotel. Se entretuvo observando a unos chicos correr detrás de un aro, sobre la calle polvorienta y bulliciosa, mientras una carreta cargada de fardos y barricas de madera, pasaba rechinando frente a la cantina, rumbo a los establos.

La fresca brisa matinal movió levemente las cortinas de la habitación y la inundó con el aroma del pan recién horneado

Grant deseó que aquella sensación no terminara nunca!

 Desde niño había soñado con vivir en el Oeste, en la época de los pioneros y, con frecuencia, fantaseaba con la idea de haber estado ya allí.

Qué pena que todo sea una farsa! –Pensó.

 Como estaba convenido de antemano, ese día cerraría el recipiente de metal conteniendo el informe sobre los resultados del experimento. Toda otra forma de comunicación con la Base estaba vedada; el llevar un radio hubiera despertado sospechas en su tripulación, hubiera roto la “magia”. Más tarde, arrojaría la cápsula en las aguas del río, detrás del bosque. Por la noche, un funcionario de la Agencia Espacial la recuperaría y los técnicos decidirían si la experiencia continuaba.

Mientras sellaba el recipiente, Grant esbozó una sonrisa al imaginar la cara que pondrían sus compañeros cuando el helicóptero viniera a recogerlos.

 Tres meses antes, algunos días después del lanzamiento, en horas de la tarde:    

                  

  Una fría llovizna caía mansamente desde el cielo plomizo.

  En el río, a pocos metros de la orilla, el hombre rana sostenía, triunfante, una cápsula metálica mohosa, enredada en raíces de plantas acuáticas, corroída por el paso del tiempo.

  Sobre la grava de la ribera, bajo sendos paraguas, los dos hombres responsables del proyecto cruzaron miradas de asombro.

Y con una expresión en sus rostros más de pena que de gloria, con la voz quebrada por la emoción, susurraron:

   -Lo  logramos!!    

 

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